Para algunos estudiantes, una hoja de matemáticas no representa solamente un reto académico. Puede despertar miedo, frustración y la sensación de que cualquier error confirmará que «no son buenos» para los números. Entender esa ansiedad es también una forma de ayudarles a recuperar la confianza para aprender.
Hay niños que antes de comenzar un ejercicio ya están convencidos de que les irá mal. Otros borran una respuesta varias veces porque temen equivocarse, se angustian cuando el maestro pregunta algo frente al grupo o sienten que una mala calificación demuestra que no tienen capacidad. Para ellos, las matemáticas pueden dejar de ser una materia escolar y convertirse en una fuente cotidiana de preocupación.
La Asociación Americana de Psicología define la ansiedad matemática como una preocupación o temor que puede aparecer al resolver problemas, presentar exámenes o incluso pensar en matemáticas. No es simplemente que al estudiante «no le gusten» los números. La reacción emocional puede llegar a interferir con la manera en que utiliza sus recursos cognitivos para resolver una tarea.
Una de las razones está en la memoria de trabajo, esa capacidad que utilizamos para mantener y manipular información durante un periodo breve. Un metaanálisis publicado en Frontiers in Psychology, que analizó 57 estudios, encontró una relación negativa entre ansiedad matemática y rendimiento, además de evidencia de que la memoria de trabajo participa en esa relación. Dicho de manera sencilla: cuando una parte de la atención está ocupada pensando «me voy a equivocar» o «no puedo hacerlo», queda menos espacio mental disponible para concentrarse en el problema.
Investigaciones anteriores ya habían descrito este fenómeno. El psicólogo Mark Ashcraft y sus colaboradores encontraron que una elevada ansiedad matemática podía comprometer temporalmente la memoria de trabajo durante tareas matemáticas. La preocupación funciona, en cierta forma, como una segunda tarea que compite por los mismos recursos mentales.
Y el problema puede comenzar antes de lo que muchos imaginan. Un estudio realizado con estudiantes de primero y segundo de primaria encontró que la ansiedad matemática ya estaba relacionada con el rendimiento y con el uso de estrategias más avanzadas para resolver problemas. Es decir, no hace falta esperar a la adolescencia para que un niño desarrolle una relación difícil con las matemáticas.
Por supuesto, una mala experiencia no significa que todo estudiante con dificultades tenga ansiedad matemática. Tampoco una calificación baja permite hacer un diagnóstico. Pero sí conviene observar determinadas señales: evitar sistemáticamente las tareas, experimentar angustia desproporcionada antes de un examen, quedarse paralizado ante problemas que antes podía resolver o repetir frases como «soy malo para esto».
La comparación puede empeorar el problema. Cuando un niño observa que otros terminan rápidamente mientras él necesita más tiempo, puede interpretar esa diferencia como una prueba de incapacidad. Y si además escucha comentarios como «las matemáticas son muy difíciles» o «yo nunca fui bueno para los números», puede comenzar a construir una identidad alrededor de esa idea.
Por eso el papel de los adultos resulta fundamental. La Asociación Americana de Psicología recomienda que padres y educadores ayuden a los niños a enfrentar la ansiedad matemática en lugar de reforzar la evitación. También es importante ofrecer oportunidades para practicar en ambientes de apoyo y permitir que el estudiante explique cómo está pensando.
Hay una diferencia profunda entre preguntar «¿por qué te equivocaste?» y preguntar «¿qué parte del problema te hizo pensar eso?». La segunda pregunta convierte el error en información. Permite descubrir el razonamiento que siguió el niño y encontrar el punto donde necesita otra explicación.
Esto es especialmente importante porque equivocarse forma parte del aprendizaje. El objetivo no debería ser conseguir que un estudiante nunca cometa errores. Sería una expectativa poco realista. El objetivo es conseguir que deje de interpretar cada error como una prueba de que no puede aprender.
En esa perspectiva se encuentra uno de los principios que distinguen una enseñanza centrada en el razonamiento, como la propuesta de Selva Matemágica. Resolver correctamente es importante, pero comprender cómo se llegó a una respuesta, probar estrategias, explicar las decisiones y aprender de los errores puede ser todavía más valioso para construir confianza matemática.
Una actividad sencilla puede mostrar la diferencia. Si un niño responde incorrectamente que un problema requiere una multiplicación, no necesariamente conviene darle inmediatamente el procedimiento correcto. Podemos preguntarle qué cantidades identificó, qué relación encontró entre ellas y por qué eligió esa operación. Tal vez el error revele una confusión específica que pueda corregirse. Tal vez incluso haya seguido una estrategia válida que simplemente necesita ajustarse.
La investigación también ofrece motivos para no resignarse ante la ansiedad. Un metaanálisis publicado en Journal of School Psychology, que revisó intervenciones realizadas con estudiantes de educación básica y media, encontró que las intervenciones terapéuticas podían reducir los síntomas de ansiedad matemática y que las intervenciones centradas en habilidades matemáticas podían mejorar el rendimiento.
La solución, entonces, no consiste en quitar las matemáticas del camino para evitar el malestar. Se trata de construir una relación diferente con ellas. Más comprensión, menos presión innecesaria. Más preguntas, menos etiquetas. Más oportunidades para pensar y corregir, menos miedo a equivocarse.
Porque un niño que dice «no puedo con las matemáticas» quizá no esté describiendo su capacidad. Quizá esté describiendo cómo se siente cuando intenta aprenderlas. Y esas dos cosas son muy distintas. Cuando dejamos de tratar el error como una sentencia y comenzamos a utilizarlo como una oportunidad para comprender, el miedo puede dejar de ocupar el lugar que corresponde al aprendizaje.
