Pensar matemáticamente va más allá de hacer operaciones

Saber sumar, restar, multiplicar y dividir es importante, pero no basta. La verdadera competencia matemática aparece cuando un estudiante puede comprender una situación, establecer relaciones, elegir una estrategia, comprobar un resultado y explicar por qué su respuesta tiene sentido.

Durante mucho tiempo, aprender matemáticas estuvo asociado a una imagen bastante concreta: cuadernos llenos de operaciones, fórmulas que había que memorizar y procedimientos que debían repetirse hasta obtener la respuesta correcta. Resolver bien era, en buena medida, llegar al resultado esperado.

Pero hay una pregunta que puede revelar los límites de ese aprendizaje: ¿qué sucede cuando el problema cambia?

Un estudiante puede conocer perfectamente el procedimiento para calcular un porcentaje y, sin embargo, no saber qué hacer cuando encuentra un descuento en una tienda. Puede dominar una fórmula de área, pero quedarse paralizado cuando debe decidir qué medidas necesita para calcular cuánta pintura comprar. Puede realizar una división correctamente y no identificar que esa operación es necesaria para resolver un problema cotidiano.

Ahí aparece la diferencia entre ejecutar matemáticas y pensar matemáticamente.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, plantea en su marco de PISA que la competencia matemática implica razonar y utilizar las matemáticas para formular, resolver e interpretar problemas en diferentes contextos. Es decir, los cálculos forman parte del proceso, pero no representan todo el proceso. También es necesario reconocer qué información importa, establecer relaciones, elegir procedimientos y determinar si el resultado obtenido realmente tiene sentido.

La diferencia puede parecer sutil, pero cambia profundamente la manera de enseñar.

Memorizar una fórmula puede ayudar a resolver un ejercicio. Comprender las relaciones que representa permite utilizarla en situaciones nuevas. Repetir un procedimiento puede generar cierta rapidez. Conocer distintas estrategias permite elegir la más conveniente. Buscar una única respuesta puede cerrar el problema; justificarla obliga a explicar el razonamiento que existe detrás.

Y es que una respuesta correcta no siempre demuestra que el estudiante comprendió. Puede haber llegado al resultado siguiendo una receta aprendida de memoria. Por el contrario, un error puede contener información valiosa sobre lo que está pensando.

Por eso el error merece otro lugar dentro del aprendizaje. En sus recomendaciones para mejorar la resolución de problemas matemáticos, el Instituto de Ciencias de la Educación de Estados Unidos propone que los estudiantes aprendan a supervisar y reflexionar sobre su propio proceso, utilicen representaciones visuales y conozcan diferentes estrategias para abordar los problemas.

En la práctica, esto puede comenzar con preguntas muy sencillas. «¿Qué información tienes?», «¿qué necesitas averiguar?», «¿hay otra manera de resolverlo?», «¿cómo sabes que tu respuesta es correcta?» o «¿ese resultado tiene sentido?» obligan al estudiante a detenerse y pensar. Ya no se trata únicamente de completar una operación, sino de comprender qué está haciendo y por qué.

El pensamiento matemático también exige tomar decisiones. Frente a un problema, el estudiante debe determinar qué datos son relevantes, qué relaciones existen entre ellos y qué herramienta puede ser útil. Algunas veces necesitará una operación; otras, un dibujo, una tabla, una estimación, una gráfica o una estrategia diferente.

La propia OCDE identifica dentro del razonamiento matemático acciones como reconocer relaciones y patrones, representar situaciones, seleccionar estrategias, elaborar conclusiones, justificar, explicar y evaluar resultados. Incluso destaca que interpretar una solución implica regresar al contexto original y preguntarse si aquello que se calculó resulta razonable.

Esto tiene una consecuencia importante para las familias. Cuando un niño pregunta «¿está bien?», quizá no sea necesario responder inmediatamente con un sí o un no. Podemos devolverle la pregunta: «¿Tú qué piensas?», «¿cómo podrías comprobarlo?». Esa pequeña pausa puede convertir una tarea rutinaria en una oportunidad para desarrollar autonomía.

También cambia el papel de quien enseña. Si el objetivo es desarrollar pensamiento matemático, no basta con mostrar el procedimiento y esperar que los estudiantes lo reproduzcan. Hay que crear situaciones en las que tengan que interpretar, probar, equivocarse, comparar estrategias y argumentar.

Esta es una de las ideas que se encuentran en el centro de la propuesta de Selva Matemágica: las matemáticas no deben reducirse a una colección de operaciones que el estudiante ejecuta, sino convertirse en un espacio para desarrollar razonamiento. El contenido importa, pero también importa qué puede hacer el niño con ese conocimiento.

En ese sentido, aprender matemáticas se parece menos a memorizar un mapa y más a aprender a orientarse. El mapa es útil, por supuesto. Pero cuando cambia el camino, lo verdaderamente valioso es saber interpretar el entorno, reconocer referencias, elegir una dirección y comprobar si estamos avanzando hacia donde queremos llegar.

Por eso el pensamiento matemático debería ocupar un lugar central en la educación. No porque todos los estudiantes tengan que convertirse en matemáticos, sino porque todos tendrán que interpretar información, comparar alternativas, estimar consecuencias, analizar datos y tomar decisiones.

Saber operar es una herramienta. Saber cuándo, cómo y por qué utilizar esa herramienta es una capacidad mucho más profunda.

Al final, quizá el indicador más interesante de que un niño está aprendiendo matemáticas no sea solamente que resuelva correctamente una página de ejercicios. Puede estar en algo menos evidente: que empiece a hacer preguntas, que busque otra manera de resolver un problema, que pueda explicar su razonamiento o que sea capaz de mirar una respuesta y decir «esto no tiene sentido».

Ahí comienza el pensamiento matemático. Y cuando la escuela consigue desarrollarlo, las matemáticas dejan de ser únicamente una materia que se aprueba y se convierten en una forma de comprender, cuestionar y enfrentar la realidad.

Cuando las matemáticas producen miedo

Para algunos estudiantes, una hoja de matemáticas no representa solamente un reto académico. Puede despertar miedo, frustración y la sensación de que cualquier error confirmará que «no son buenos» para los números. Entender esa ansiedad es también una forma de ayudarles a recuperar la confianza para aprender.

Hay niños que antes de comenzar un ejercicio ya están convencidos de que les irá mal. Otros borran una respuesta varias veces porque temen equivocarse, se angustian cuando el maestro pregunta algo frente al grupo o sienten que una mala calificación demuestra que no tienen capacidad. Para ellos, las matemáticas pueden dejar de ser una materia escolar y convertirse en una fuente cotidiana de preocupación.

La Asociación Americana de Psicología define la ansiedad matemática como una preocupación o temor que puede aparecer al resolver problemas, presentar exámenes o incluso pensar en matemáticas. No es simplemente que al estudiante «no le gusten» los números. La reacción emocional puede llegar a interferir con la manera en que utiliza sus recursos cognitivos para resolver una tarea.

Una de las razones está en la memoria de trabajo, esa capacidad que utilizamos para mantener y manipular información durante un periodo breve. Un metaanálisis publicado en Frontiers in Psychology, que analizó 57 estudios, encontró una relación negativa entre ansiedad matemática y rendimiento, además de evidencia de que la memoria de trabajo participa en esa relación. Dicho de manera sencilla: cuando una parte de la atención está ocupada pensando «me voy a equivocar» o «no puedo hacerlo», queda menos espacio mental disponible para concentrarse en el problema.

Investigaciones anteriores ya habían descrito este fenómeno. El psicólogo Mark Ashcraft y sus colaboradores encontraron que una elevada ansiedad matemática podía comprometer temporalmente la memoria de trabajo durante tareas matemáticas. La preocupación funciona, en cierta forma, como una segunda tarea que compite por los mismos recursos mentales.

Y el problema puede comenzar antes de lo que muchos imaginan. Un estudio realizado con estudiantes de primero y segundo de primaria encontró que la ansiedad matemática ya estaba relacionada con el rendimiento y con el uso de estrategias más avanzadas para resolver problemas. Es decir, no hace falta esperar a la adolescencia para que un niño desarrolle una relación difícil con las matemáticas.

Por supuesto, una mala experiencia no significa que todo estudiante con dificultades tenga ansiedad matemática. Tampoco una calificación baja permite hacer un diagnóstico. Pero sí conviene observar determinadas señales: evitar sistemáticamente las tareas, experimentar angustia desproporcionada antes de un examen, quedarse paralizado ante problemas que antes podía resolver o repetir frases como «soy malo para esto».

La comparación puede empeorar el problema. Cuando un niño observa que otros terminan rápidamente mientras él necesita más tiempo, puede interpretar esa diferencia como una prueba de incapacidad. Y si además escucha comentarios como «las matemáticas son muy difíciles» o «yo nunca fui bueno para los números», puede comenzar a construir una identidad alrededor de esa idea.

Por eso el papel de los adultos resulta fundamental. La Asociación Americana de Psicología recomienda que padres y educadores ayuden a los niños a enfrentar la ansiedad matemática en lugar de reforzar la evitación. También es importante ofrecer oportunidades para practicar en ambientes de apoyo y permitir que el estudiante explique cómo está pensando.

Hay una diferencia profunda entre preguntar «¿por qué te equivocaste?» y preguntar «¿qué parte del problema te hizo pensar eso?». La segunda pregunta convierte el error en información. Permite descubrir el razonamiento que siguió el niño y encontrar el punto donde necesita otra explicación.

Esto es especialmente importante porque equivocarse forma parte del aprendizaje. El objetivo no debería ser conseguir que un estudiante nunca cometa errores. Sería una expectativa poco realista. El objetivo es conseguir que deje de interpretar cada error como una prueba de que no puede aprender.

En esa perspectiva se encuentra uno de los principios que distinguen una enseñanza centrada en el razonamiento, como la propuesta de Selva Matemágica. Resolver correctamente es importante, pero comprender cómo se llegó a una respuesta, probar estrategias, explicar las decisiones y aprender de los errores puede ser todavía más valioso para construir confianza matemática.

Una actividad sencilla puede mostrar la diferencia. Si un niño responde incorrectamente que un problema requiere una multiplicación, no necesariamente conviene darle inmediatamente el procedimiento correcto. Podemos preguntarle qué cantidades identificó, qué relación encontró entre ellas y por qué eligió esa operación. Tal vez el error revele una confusión específica que pueda corregirse. Tal vez incluso haya seguido una estrategia válida que simplemente necesita ajustarse.

La investigación también ofrece motivos para no resignarse ante la ansiedad. Un metaanálisis publicado en Journal of School Psychology, que revisó intervenciones realizadas con estudiantes de educación básica y media, encontró que las intervenciones terapéuticas podían reducir los síntomas de ansiedad matemática y que las intervenciones centradas en habilidades matemáticas podían mejorar el rendimiento.

La solución, entonces, no consiste en quitar las matemáticas del camino para evitar el malestar. Se trata de construir una relación diferente con ellas. Más comprensión, menos presión innecesaria. Más preguntas, menos etiquetas. Más oportunidades para pensar y corregir, menos miedo a equivocarse.

Porque un niño que dice «no puedo con las matemáticas» quizá no esté describiendo su capacidad. Quizá esté describiendo cómo se siente cuando intenta aprenderlas. Y esas dos cosas son muy distintas. Cuando dejamos de tratar el error como una sentencia y comenzamos a utilizarlo como una oportunidad para comprender, el miedo puede dejar de ocupar el lugar que corresponde al aprendizaje.

¿Naciste siendo bueno o malo para las matemáticas?

La idea de que algunas personas «nacen para las matemáticas» y otras simplemente no tienen habilidad para ellas es mucho más limitada de lo que hoy sabemos. La investigación muestra que aprender matemáticas implica desarrollar y reorganizar capacidades cognitivas, y que la manera en que enseñamos puede marcar una diferencia importante.

Hay frases que parecen inofensivas, pero pueden quedarse durante años en la cabeza de un niño: «Yo nunca fui bueno para las matemáticas», «a mí se me dan mal los números» o «tu hermano sí tiene facilidad para eso». Poco a poco, las matemáticas pueden convertirse en una especie de territorio reservado para quienes aparentemente nacieron con un talento especial.

La ciencia ofrece una imagen bastante más compleja. No existe una única zona del cerebro que pueda señalarse como «el lugar de las matemáticas». Una revisión publicada en npj Science of Learning explica que las habilidades numéricas y aritméticas se desarrollan mediante la interacción de distintas redes cerebrales a lo largo de la infancia y la adolescencia. Intervienen sistemas relacionados con el procesamiento de cantidades, la memoria y el control cognitivo.

Eso significa que las diferencias entre estudiantes son reales, pero no deben confundirse automáticamente con una capacidad fija. Algunos niños pueden adquirir determinados conceptos con mayor rapidez; otros necesitan más tiempo, representaciones distintas o experiencias adicionales. El aprendizaje matemático depende de múltiples factores cognitivos, emocionales y educativos.

La práctica, por supuesto, importa. Pero practicar no significa repetir mecánicamente cien ejercicios idénticos. La evidencia reunida por el What Works Clearinghouse del Instituto de Ciencias de la Educación de Estados Unidos recomienda que los estudiantes trabajen con diferentes estrategias de resolución, representaciones visuales y oportunidades para explicar cómo llegaron a una respuesta. También destaca la importancia de reflexionar sobre el propio proceso de resolución.

Y aquí aparece una diferencia fundamental: practicar una respuesta no es lo mismo que comprender una idea. Un niño puede aprender de memoria que «para dividir hay que hacer esto» y, sin embargo, quedarse perdido cuando el problema cambia ligeramente. Cuando comprende qué significa dividir, puede reconocer la situación, elegir una estrategia y explicar por qué su procedimiento tiene sentido.

Los errores también tienen un lugar importante en ese proceso. Equivocarse no demuestra que el cerebro «no sirve» para las matemáticas. Un error puede revelar qué relación entre cantidades no se comprendió, qué procedimiento se aplicó de manera incorrecta o qué información del problema pasó inadvertida. Precisamente por eso las guías del Instituto de Ciencias de la Educación recomiendan proporcionar retroalimentación, permitir que los estudiantes identifiquen errores y favorecer que puedan corregirse.

Esto cambia la conversación en casa. En lugar de responder «está mal», podemos preguntar: «¿Cómo pensaste para llegar ahí?». La pregunta parece pequeña, pero abre una puerta enorme: obliga a explicar, revisar, comparar y encontrar relaciones. Es decir, obliga a pensar matemáticamente.

También hay que considerar el componente emocional. Las investigaciones sobre ansiedad matemática muestran que el temor ante los números puede interferir con recursos cognitivos necesarios para resolver problemas. Un metaanálisis que reunió 747 tamaños de efecto encontró una asociación negativa, pequeña a moderada, entre ansiedad matemática y rendimiento. La relación aparece desde la infancia y permanece durante distintas etapas educativas.

Por eso decirle a un niño que «no es bueno para las matemáticas» puede ser más perjudicial de lo que parece. Si empieza a interpretar cada error como una confirmación de esa etiqueta, es posible que evite los problemas difíciles, practique menos y termine teniendo todavía menos oportunidades para desarrollar sus habilidades. La investigación reciente también analiza precisamente este círculo entre ansiedad, desempeño y evitación.

Hay otra conexión interesante: las matemáticas tampoco viven completamente separadas del lenguaje. Comprender un problema implica interpretar palabras, relaciones y condiciones; explicar una estrategia requiere expresarla con claridad. Una investigación reciente publicada en Nature Communications, con 179 experimentos y 3308 participantes, encontró redes de control cognitivo compartidas entre procesos matemáticos y de lectura, aunque cada dominio también presenta sistemas especializados.

Todo esto ayuda a entender por qué una metodología centrada en el razonamiento puede ser diferente de una enseñanza basada exclusivamente en repetir procedimientos. La propuesta de Selva parte de una idea sencilla pero poderosa: el objetivo no es solamente que el estudiante obtenga el resultado, sino que comprenda, razone, explique y encuentre sentido a lo que está haciendo.

Eso no significa prometer que todos los niños alcanzarán exactamente el mismo nivel ni negar que existen dificultades específicas del aprendizaje, como la discalculia, que requieren atención especializada. Tampoco significa que el esfuerzo deje de ser necesario. Significa algo más razonable: no deberíamos convertir una dificultad presente en una sentencia sobre el futuro.

Entonces, ¿nacemos siendo buenos o malos para las matemáticas? La respuesta científica no cabe en un simple sí o no. Llegamos al mundo con capacidades y diferencias individuales, pero las habilidades matemáticas se construyen y desarrollan mediante experiencias de aprendizaje, práctica, comprensión y apoyo.

Quizá la pregunta más útil para un niño no sea «¿eres bueno para las matemáticas?», sino «¿qué estrategia podemos probar para entenderlo?». Porque cuando cambia esa pregunta, también puede cambiar la relación con los números. Y es que aprender matemáticas no consiste únicamente en encontrar respuestas: consiste en aprender a pensar.

Las matemáticas están más cerca de lo que imaginas

Comprar, ahorrar, comparar precios, interpretar una encuesta o calcular cuánto tiempo tenemos para llegar a algún lugar son acciones cotidianas que requieren matemáticas. La verdadera pregunta, entonces, no es para qué sirven, sino cuánto de nuestra vida depende de saber utilizarlas.

«¿Y esto para qué me va a servir?». Es una pregunta que muchos padres han escuchado después de una tarea escolar. Frente a una hoja llena de operaciones, fórmulas o problemas, resulta comprensible que un niño quiera saber qué relación tiene todo aquello con su vida. La respuesta, sin embargo, puede ser mucho más amplia de lo que parece.

Las matemáticas están presentes incluso cuando no sabemos que estamos utilizándolas. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, define la competencia matemática como la capacidad de razonar, utilizar e interpretar las matemáticas para resolver problemas en distintos contextos de la vida real. No se trata, por tanto, de hacer operaciones por hacerlas, sino de emplear el pensamiento matemático para comprender situaciones y tomar decisiones.

Pensemos, por ejemplo, en algo tan cotidiano como comprar. Una promoción que anuncia «30 % de descuento» parece sencilla, pero para saber si realmente representa una buena oportunidad necesitamos comparar precios, calcular proporciones y distinguir entre el precio original y el final. Lo mismo sucede cuando una familia decide entre dos planes de telefonía, organiza un presupuesto o determina cuánto puede gastar sin comprometer otros pagos.

No es una cuestión menor. La OCDE señala, a partir de los resultados de PISA 2022, que una mayor competencia financiera está relacionada con comportamientos como ahorrar y comparar precios antes de comprar. En otras palabras, utilizar adecuadamente los números puede convertirse en una herramienta para tomar decisiones más responsables en la vida diaria.

La estadística también está mucho más cerca de nosotros de lo que solemos advertir. Aparece cuando vemos una gráfica sobre inflación, revisamos las probabilidades de lluvia, seguimos las estadísticas de un equipo deportivo o encontramos una encuesta en redes sociales. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía explica que recopilar, organizar y analizar datos permite comprender mejor distintos fenómenos. Incluso actividades aparentemente simples, como registrar resultados deportivos, implican utilizar conceptos estadísticos.

Y aquí aparece un reto especialmente importante para niños y adolescentes. Hoy reciben una enorme cantidad de información acompañada de porcentajes, promedios, gráficas y cifras. Saber leer esos datos no significa únicamente reconocer números; implica preguntarse de dónde provienen, qué están comparando, qué información falta y si la conclusión que alguien presenta realmente se desprende de los datos.

Algo parecido sucede con el tiempo y el espacio. Calcular cuánto tardaremos en llegar a determinado sitio, decidir a qué hora debemos salir, medir una habitación antes de comprar un mueble o calcular cuánta pintura necesitamos para una pared son pequeños problemas matemáticos disfrazados de actividades cotidianas. Nadie se sienta necesariamente a pensar «ahora voy a aplicar geometría». Simplemente necesitamos resolver una situación.

Lo mismo ocurre cuando elegimos entre varias alternativas. ¿Qué producto conviene más por su precio y cantidad? ¿Qué ruta resulta más rápida? ¿Cuánto podemos ahorrar si cambiamos un hábito durante varios meses? ¿Qué tan probable es que ocurra determinado evento? En cada caso estamos comparando, estimando, calculando, identificando relaciones y evaluando consecuencias.

Por eso reducir las matemáticas a operaciones puede ser una manera demasiado pequeña de entenderlas. La operación es una herramienta; el verdadero aprendizaje aparece cuando el estudiante sabe cuándo utilizarla, por qué hacerlo y cómo interpretar el resultado.

Desde esta perspectiva cobra especial relevancia el concepto de conciencia matemática que impulsa la propuesta de Selva. La intención es que el niño comience a reconocer las matemáticas en situaciones que forman parte de su entorno y comprenda que pensar matemáticamente no es una actividad exclusiva del salón de clases. Es observar, comparar, anticipar, medir, ordenar, encontrar relaciones y buscar explicaciones.

Quizá por eso una buena pregunta para acompañar a los hijos no sea solamente «¿ya terminaste la tarea?», sino «¿dónde podríamos utilizar esto fuera de la escuela?». Una conversación durante el supermercado puede convertirse en una oportunidad para comparar precios. Cocinar permite hablar de cantidades y proporciones. Organizar un viaje abre la puerta a calcular tiempos y distancias. Incluso revisar una publicación en redes sociales puede servir para cuestionar una estadística.

La matemática deja entonces de parecer una colección de ejercicios aislados y empieza a revelar su verdadera dimensión. Nos ayuda a entender el mundo, pero también a movernos dentro de él con un poco más de criterio.

Al final, quizá la respuesta para ese niño que pregunta «¿y esto para qué me va a servir?» sea sencilla: para mucho más que aprobar un examen. Las matemáticas ayudan a comprar con mayor conciencia, interpretar información, administrar recursos, calcular riesgos, organizar nuestro tiempo y tomar decisiones.

La verdad es que las matemáticas nunca estuvieron solamente en el pizarrón. Han estado siempre en el supermercado, en el reloj, en el presupuesto familiar, en las noticias, en el teléfono y hasta en la decisión aparentemente sencilla de elegir entre dos opciones. Aprender a reconocerlas es también aprender a mirar la realidad de otra manera.

Las matemáticas no se aprenden de memoria

Cuando un niño tiene dificultades con las matemáticas, el problema no necesariamente está en su inteligencia o en su esfuerzo. Muchas veces la dificultad aparece porque ha aprendido procedimientos sin comprenderlos, arrastra conocimientos incompletos o siente que cada ejercicio es una prueba de lo que no puede hacer.

Hay una escena que se repite en muchos hogares: llega la tarea de matemáticas, el cuaderno se abre sobre la mesa y, después de unos minutos, aparece la frase que preocupa a cualquier padre: «No entiendo». A veces le sigue otra todavía más dura: «No sirvo para las matemáticas».

Sin embargo, esa conclusión puede ser equivocada. Que un niño tenga problemas para resolver operaciones, comprender fracciones o interpretar un problema escrito no significa, por sí mismo, que carezca de inteligencia o capacidad. Las matemáticas son acumulativas: un concepto que no quedó claro puede convertirse más adelante en una dificultad mucho mayor.

La verdad es que aprender matemáticas no consiste únicamente en recordar tablas, repetir fórmulas o seguir pasos. El Consejo Nacional de Profesores de Matemáticas de Estados Unidos ha insistido en la importancia de relacionar la comprensión conceptual con los procedimientos. Memorizar un algoritmo sin saber qué significa puede permitir que un alumno resuelva algunos ejercicios, pero también puede dejarlo sin herramientas cuando el problema cambia de forma.

Esto explica por qué un niño puede saber que «hay que dividir» y, aun así, no identificar cuándo debe utilizar una división. El reto no está solamente en ejecutar una operación, sino en comprender qué está ocurriendo, elegir una estrategia y comprobar si la respuesta tiene sentido.

También están las llamadas lagunas de aprendizaje. Si un estudiante no consolidó adecuadamente el valor posicional, las operaciones básicas o las relaciones entre cantidades, los contenidos posteriores pueden sentirse como una escalera a la que le faltan peldaños. No es necesariamente falta de esfuerzo; puede ser que esté intentando construir conocimiento nuevo sobre una base todavía frágil.

A ello se suma una dificultad menos visible: la ansiedad matemática. La Asociación Americana de Psicología explica que algunos niños experimentan preocupación o miedo frente a los números, los problemas o los exámenes. Una revisión de 131 estudios publicada en Review of Educational Research encontró una relación negativa significativa entre la ansiedad matemática y el desempeño. Cuando aparece el temor, parte de la atención mental puede concentrarse en la preocupación y no en la solución.

Por eso también importa lo que ocurre alrededor del cuaderno. Comentarios aparentemente inocentes como «yo tampoco fui bueno para las matemáticas» o «qué difícil es esto» pueden contribuir a formar una percepción negativa. UNICEF ha señalado que las actitudes de padres y docentes pueden influir en la relación de los niños con las matemáticas y que un entorno de apoyo puede favorecer una disposición más positiva hacia su aprendizaje.

Hay, además, otra pregunta que conviene hacer: ¿el niño tiene oportunidades para descubrir para qué sirven las matemáticas? Calcular cuánto dinero hace falta para comprar varios productos, comparar precios, medir ingredientes de una receta, repartir objetos o interpretar el tiempo son situaciones cotidianas que permiten convertir una idea abstracta en algo tangible. La Secretaría de Educación Pública también plantea el trabajo matemático a partir de situaciones problemáticas que lleven a los estudiantes a reflexionar, buscar distintas soluciones y argumentar sus resultados.

Desde esta perspectiva cobra sentido una enseñanza que coloque el razonamiento antes que la repetición. Selva Matemágica plantea precisamente un modelo que busca reducir la mecanización y trabajar el razonamiento lógico mediante preguntas, problemas, materiales concretos y experiencias que permitan comprender los conceptos. Su propuesta distingue entre aprender una respuesta y entender el proceso que conduce a ella.

Eso no significa que memorizar no tenga ningún lugar en las matemáticas. Las operaciones y ciertos hechos numéricos necesitan práctica y fluidez. La diferencia está en que esa práctica tenga significado. Un niño que comprende las relaciones entre los números puede desarrollar estrategias para calcular, adaptarlas y utilizarlas en situaciones nuevas.

Para los padres, quizá el cambio más importante sea dejar de preguntar solamente «¿cuánto sacaste?» y comenzar a preguntar «¿cómo lo pensaste?». También puede ser útil permitir que el niño explique su procedimiento, aunque no coincida con el método aprendido en clase. Si se equivoca, el error puede convertirse en una pista para descubrir qué concepto necesita reforzar.

Al final, detrás de muchas dificultades matemáticas no hay un niño que «no pueda». Hay un estudiante que quizá necesita otra explicación, más tiempo, mejores bases o la oportunidad de descubrir que las matemáticas no son una colección de reglas misteriosas, sino una forma de pensar, interpretar y resolver situaciones.

Y ahí puede estar la diferencia. Enseñar matemáticas no debería consistir solamente en conseguir que un niño llegue a la respuesta correcta, sino en ayudarlo a entender por qué esa respuesta tiene sentido. Cuando aparece esa comprensión, algo cambia: el ejercicio deja de ser una amenaza y empieza, poco a poco, a convertirse en un desafío que sí puede enfrentar.