Cuando un niño tiene dificultades con las matemáticas, el problema no necesariamente está en su inteligencia o en su esfuerzo. Muchas veces la dificultad aparece porque ha aprendido procedimientos sin comprenderlos, arrastra conocimientos incompletos o siente que cada ejercicio es una prueba de lo que no puede hacer.
Hay una escena que se repite en muchos hogares: llega la tarea de matemáticas, el cuaderno se abre sobre la mesa y, después de unos minutos, aparece la frase que preocupa a cualquier padre: «No entiendo». A veces le sigue otra todavía más dura: «No sirvo para las matemáticas».
Sin embargo, esa conclusión puede ser equivocada. Que un niño tenga problemas para resolver operaciones, comprender fracciones o interpretar un problema escrito no significa, por sí mismo, que carezca de inteligencia o capacidad. Las matemáticas son acumulativas: un concepto que no quedó claro puede convertirse más adelante en una dificultad mucho mayor.
La verdad es que aprender matemáticas no consiste únicamente en recordar tablas, repetir fórmulas o seguir pasos. El Consejo Nacional de Profesores de Matemáticas de Estados Unidos ha insistido en la importancia de relacionar la comprensión conceptual con los procedimientos. Memorizar un algoritmo sin saber qué significa puede permitir que un alumno resuelva algunos ejercicios, pero también puede dejarlo sin herramientas cuando el problema cambia de forma.
Esto explica por qué un niño puede saber que «hay que dividir» y, aun así, no identificar cuándo debe utilizar una división. El reto no está solamente en ejecutar una operación, sino en comprender qué está ocurriendo, elegir una estrategia y comprobar si la respuesta tiene sentido.
También están las llamadas lagunas de aprendizaje. Si un estudiante no consolidó adecuadamente el valor posicional, las operaciones básicas o las relaciones entre cantidades, los contenidos posteriores pueden sentirse como una escalera a la que le faltan peldaños. No es necesariamente falta de esfuerzo; puede ser que esté intentando construir conocimiento nuevo sobre una base todavía frágil.
A ello se suma una dificultad menos visible: la ansiedad matemática. La Asociación Americana de Psicología explica que algunos niños experimentan preocupación o miedo frente a los números, los problemas o los exámenes. Una revisión de 131 estudios publicada en Review of Educational Research encontró una relación negativa significativa entre la ansiedad matemática y el desempeño. Cuando aparece el temor, parte de la atención mental puede concentrarse en la preocupación y no en la solución.
Por eso también importa lo que ocurre alrededor del cuaderno. Comentarios aparentemente inocentes como «yo tampoco fui bueno para las matemáticas» o «qué difícil es esto» pueden contribuir a formar una percepción negativa. UNICEF ha señalado que las actitudes de padres y docentes pueden influir en la relación de los niños con las matemáticas y que un entorno de apoyo puede favorecer una disposición más positiva hacia su aprendizaje.
Hay, además, otra pregunta que conviene hacer: ¿el niño tiene oportunidades para descubrir para qué sirven las matemáticas? Calcular cuánto dinero hace falta para comprar varios productos, comparar precios, medir ingredientes de una receta, repartir objetos o interpretar el tiempo son situaciones cotidianas que permiten convertir una idea abstracta en algo tangible. La Secretaría de Educación Pública también plantea el trabajo matemático a partir de situaciones problemáticas que lleven a los estudiantes a reflexionar, buscar distintas soluciones y argumentar sus resultados.
Desde esta perspectiva cobra sentido una enseñanza que coloque el razonamiento antes que la repetición. Selva Matemágica plantea precisamente un modelo que busca reducir la mecanización y trabajar el razonamiento lógico mediante preguntas, problemas, materiales concretos y experiencias que permitan comprender los conceptos. Su propuesta distingue entre aprender una respuesta y entender el proceso que conduce a ella.
Eso no significa que memorizar no tenga ningún lugar en las matemáticas. Las operaciones y ciertos hechos numéricos necesitan práctica y fluidez. La diferencia está en que esa práctica tenga significado. Un niño que comprende las relaciones entre los números puede desarrollar estrategias para calcular, adaptarlas y utilizarlas en situaciones nuevas.
Para los padres, quizá el cambio más importante sea dejar de preguntar solamente «¿cuánto sacaste?» y comenzar a preguntar «¿cómo lo pensaste?». También puede ser útil permitir que el niño explique su procedimiento, aunque no coincida con el método aprendido en clase. Si se equivoca, el error puede convertirse en una pista para descubrir qué concepto necesita reforzar.
Al final, detrás de muchas dificultades matemáticas no hay un niño que «no pueda». Hay un estudiante que quizá necesita otra explicación, más tiempo, mejores bases o la oportunidad de descubrir que las matemáticas no son una colección de reglas misteriosas, sino una forma de pensar, interpretar y resolver situaciones.
Y ahí puede estar la diferencia. Enseñar matemáticas no debería consistir solamente en conseguir que un niño llegue a la respuesta correcta, sino en ayudarlo a entender por qué esa respuesta tiene sentido. Cuando aparece esa comprensión, algo cambia: el ejercicio deja de ser una amenaza y empieza, poco a poco, a convertirse en un desafío que sí puede enfrentar.
