Comprar, ahorrar, comparar precios, interpretar una encuesta o calcular cuánto tiempo tenemos para llegar a algún lugar son acciones cotidianas que requieren matemáticas. La verdadera pregunta, entonces, no es para qué sirven, sino cuánto de nuestra vida depende de saber utilizarlas.
«¿Y esto para qué me va a servir?». Es una pregunta que muchos padres han escuchado después de una tarea escolar. Frente a una hoja llena de operaciones, fórmulas o problemas, resulta comprensible que un niño quiera saber qué relación tiene todo aquello con su vida. La respuesta, sin embargo, puede ser mucho más amplia de lo que parece.
Las matemáticas están presentes incluso cuando no sabemos que estamos utilizándolas. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, define la competencia matemática como la capacidad de razonar, utilizar e interpretar las matemáticas para resolver problemas en distintos contextos de la vida real. No se trata, por tanto, de hacer operaciones por hacerlas, sino de emplear el pensamiento matemático para comprender situaciones y tomar decisiones.
Pensemos, por ejemplo, en algo tan cotidiano como comprar. Una promoción que anuncia «30 % de descuento» parece sencilla, pero para saber si realmente representa una buena oportunidad necesitamos comparar precios, calcular proporciones y distinguir entre el precio original y el final. Lo mismo sucede cuando una familia decide entre dos planes de telefonía, organiza un presupuesto o determina cuánto puede gastar sin comprometer otros pagos.
No es una cuestión menor. La OCDE señala, a partir de los resultados de PISA 2022, que una mayor competencia financiera está relacionada con comportamientos como ahorrar y comparar precios antes de comprar. En otras palabras, utilizar adecuadamente los números puede convertirse en una herramienta para tomar decisiones más responsables en la vida diaria.
La estadística también está mucho más cerca de nosotros de lo que solemos advertir. Aparece cuando vemos una gráfica sobre inflación, revisamos las probabilidades de lluvia, seguimos las estadísticas de un equipo deportivo o encontramos una encuesta en redes sociales. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía explica que recopilar, organizar y analizar datos permite comprender mejor distintos fenómenos. Incluso actividades aparentemente simples, como registrar resultados deportivos, implican utilizar conceptos estadísticos.
Y aquí aparece un reto especialmente importante para niños y adolescentes. Hoy reciben una enorme cantidad de información acompañada de porcentajes, promedios, gráficas y cifras. Saber leer esos datos no significa únicamente reconocer números; implica preguntarse de dónde provienen, qué están comparando, qué información falta y si la conclusión que alguien presenta realmente se desprende de los datos.
Algo parecido sucede con el tiempo y el espacio. Calcular cuánto tardaremos en llegar a determinado sitio, decidir a qué hora debemos salir, medir una habitación antes de comprar un mueble o calcular cuánta pintura necesitamos para una pared son pequeños problemas matemáticos disfrazados de actividades cotidianas. Nadie se sienta necesariamente a pensar «ahora voy a aplicar geometría». Simplemente necesitamos resolver una situación.
Lo mismo ocurre cuando elegimos entre varias alternativas. ¿Qué producto conviene más por su precio y cantidad? ¿Qué ruta resulta más rápida? ¿Cuánto podemos ahorrar si cambiamos un hábito durante varios meses? ¿Qué tan probable es que ocurra determinado evento? En cada caso estamos comparando, estimando, calculando, identificando relaciones y evaluando consecuencias.
Por eso reducir las matemáticas a operaciones puede ser una manera demasiado pequeña de entenderlas. La operación es una herramienta; el verdadero aprendizaje aparece cuando el estudiante sabe cuándo utilizarla, por qué hacerlo y cómo interpretar el resultado.
Desde esta perspectiva cobra especial relevancia el concepto de conciencia matemática que impulsa la propuesta de Selva. La intención es que el niño comience a reconocer las matemáticas en situaciones que forman parte de su entorno y comprenda que pensar matemáticamente no es una actividad exclusiva del salón de clases. Es observar, comparar, anticipar, medir, ordenar, encontrar relaciones y buscar explicaciones.
Quizá por eso una buena pregunta para acompañar a los hijos no sea solamente «¿ya terminaste la tarea?», sino «¿dónde podríamos utilizar esto fuera de la escuela?». Una conversación durante el supermercado puede convertirse en una oportunidad para comparar precios. Cocinar permite hablar de cantidades y proporciones. Organizar un viaje abre la puerta a calcular tiempos y distancias. Incluso revisar una publicación en redes sociales puede servir para cuestionar una estadística.
La matemática deja entonces de parecer una colección de ejercicios aislados y empieza a revelar su verdadera dimensión. Nos ayuda a entender el mundo, pero también a movernos dentro de él con un poco más de criterio.
Al final, quizá la respuesta para ese niño que pregunta «¿y esto para qué me va a servir?» sea sencilla: para mucho más que aprobar un examen. Las matemáticas ayudan a comprar con mayor conciencia, interpretar información, administrar recursos, calcular riesgos, organizar nuestro tiempo y tomar decisiones.
La verdad es que las matemáticas nunca estuvieron solamente en el pizarrón. Han estado siempre en el supermercado, en el reloj, en el presupuesto familiar, en las noticias, en el teléfono y hasta en la decisión aparentemente sencilla de elegir entre dos opciones. Aprender a reconocerlas es también aprender a mirar la realidad de otra manera.
